BRÚJULA

Nona Fernández y Arelis Uribe, literatura chilena de hoy


Fernández, con La dimensión desconocida, y Uribe, con Quiltras, representan dos miradas particulares de lo que se escribe en su país

Nona Fernández y Arelis Uribe dos voces de la literatura chilena

09/12/2017

Nona Fernández y Arelis Uribe son dos voces referentes de la actual literatura chilena. Ambas publicaron a finales del año pasado dos libros que en 2017 repercutieron de gran forma. Fernández editó la novela La dimensión desconocida (Random House) y Arelis Uribe, el libro de cuentos Quiltras (Los Libros de la Mujer Rota), ambos con un registro y bagaje distinto, pero que forman parte del campo narrativo que existe en Chile desde comienzos de los 90. 

Fernández vuelca sus páginas en la cruenta historia de la dictadura chilena, bajo la figura de Augusto Pinochet y también las llena de cultura pop, con citas a libros, canciones y películas que marcaron una época, y claro, también a la serie de culto La dimensión desconocida, que sirve como un punto para relacionar los hechos que ocurrieron con los recuerdos de otros momentos.

Quiltras es un volumen más contenido, tiene cuentos como Una ciudad desconocida -que se sitúa en gran parte en La Paz- en el que lo importante es la mirada detallista de la escritora, esos pequeños golpes a la razón que se repiten en los otros seis cuentos. 
Con La dimensión desconocida, Fernández ganó el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que le fue entregado recientemente en la Feria del Libro de Guadalajara (México). En tanto que Quiltras obtuvo el premio a la mejor obra publicada en su país este año, que entrega el Consejo Nacional de Artes y  Cultura de Chile.

 

NONA Fernández: “El país que tenemos ahora fue construido sobre las bases de una dimensión oculta”
La escritora chilena habla sobre su novela La dimensión desconocida, su origen y lo que significa para ella el Premio Sor Juana Inés de la Cruz

Se puede decir que La dimensión desconocida tiene su origen en una nouvelle publicada en 2013 que se tituló Space Invaders, ya que la historia de Estrella González vuelve a aparecer en la novela publicada a finales del año pasado por Nona Fernández, esta vez como uno de los capítulos que componen el relato el relato sobre ‘El Papudo’, el agente chileno que tras años de trabajar en la dictadura de Pinochet se entregó y contó lo que  hizo y lo que vio. Testimonio que ayudó mucho en las investigaciones sobre los abusos  en ese régimen.  

La dimensión desconocida mezcla la crudeza de los actos criminales de ese periodo oscuro chileno con otros recuerdos más inocentes de alguien que fue una niña o una adolescente en ese tiempo.

 ¿Cuándo decidís escribir La dimensión desconocida? Lo pregunto porque una de las historias que la componen es la que se lee en Space Invaders…
Los materiales se van llamando unos a otros, es una hebra que uno sigue y te va encaminando de un lugar a otro. Cuando escribí Space Invaders el 2011, no sabía que estaba comenzando a escribir un capítulo de La Dimensión Desconocida...

Este libro es una especie de Aleph, donde van a dar muchas reflexiones e imágenes de mis trabajos anteriores. Es como si desde mi primera novela, Mapocho, hubiera estado siempre preparándome para él. Aquí van a dar todas las reflexiones y observaciones hechas por años de escritura y vida, en relación con la historia reciente de Chile, a su memoria, a su manera de vivir y escribir esa memoria, a mi generación, a nuestro presente enclavado aún en ese pasado.

Los títulos de ambos libros hacen referencia a un juego y una serie que marcaron ciertos momentos de ambas historias, pero en el caso de La dimensión desconocida, la serie a la que alude parece ser también un catalizador de los textos ¿Es así?
Sí, claro, todos esos referentes, el Space Invaders, Billy Joel, Los Cazafantasmas, La Twilight Zone, son parte de la imaginería de la época. Aparecen azarosamente en mi memoria cuando intento reconstituir esas escenas pasadas. Y también porque hay cierta voluntad de mi parte por replantear estas temáticas y volverlas actuales. Sacarlas de la solemnidad, de la victimización, de la oficialidad. Ofrecer una mirada nueva, fresca, por eso el guiño a lo pop, a la cultura basura, a veces al humor. Creo de verdad que tenemos que ser capaces de contar nuestra historia y para eso hay que apropiarse de ella y sacarla de la invisibilización o de la oficialidad. Creo que la historia, la historia no oficial, es nuestra, no de los museos ni de los manuales, y debemos apropiárnosla para poder contarla. Jugar con esos referentes pop y darles una lectura de sentido, es parte de ese ejercicio de apropiación.

En el caso de La dimensión desconocida, lo que la serie planteaba y lo que yo misma percibía en los años 70, cuando era niña y la veía en mi vieja tele en blanco y negro, era que vivíamos dos realidades. Una clara y concreta que salía en la televisión, en los medios, donde la gente hacía su vida con normalidad. Y  la otra, desconocida y oculta, pero no por eso menos real. Una realidad que intuíamos, pero que era negada en esos oscuros años. 

Ese juego esquizofrénico de realidades que muestro no busca quitarle espesor histórico a lo que pasó, sino evidenciar la ceguera de una población que prefirió negar, que prefirió pensar que el otro plano de realidad, ese lugar donde habitaba la monstruosidad y el horror, estaba lejos, en una dimensión desconocida. Se corrió un tupido velo. Hasta el día de hoy hay gente que tiene la soltura de decir que no sabía nada, que nunca se dio cuenta.

El país que tenemos ahora fue construido sobre las bases de esa dimensión oculta, una realidad vergonzosa de la que queremos creer que hemos escapado, pero que se evidencia en la segregación, la violencia y la desigualdad de nuestro día a día.

¿Qué significó para vos que la FIL de Guadalajara te entregue el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por La dimensión desconocida?, ¿qué significa que en otros países se reconozca una historia que uno a veces piensa es bastante local?
Es un tremendo regalo y un gran honor. El Sor Juana es un premio muy prestigioso, lo han ganado autoras que admiro y que han iluminado mi escritura.

Además tengo un cariño muy especial por la Feria de Guadalajara. Hace unos años fui parte de un programa que se llamaba Los 25 secretos mejor guardados de la literatura latinoamericana. Entonces hay una especie de cordón umbilical conectado a la feria. A partir de entonces, y ahora con este reconocimiento, se alimenta la fantasía de que uno escribe no solo para el barrio, sino que tus escritos pueden tener otro alcance, pueden llegar a otros públicos. Confrontarse a eso ha sido muy iluminador.

El barrio se ha ampliado, se ha abierto al mundo y he tenido la oportunidad de que mis libros se traduzcan y lleguen a diversos públicos. He viajado con ellos, he dialogado con lectores de otras latitudes, he tenido encuentros conmovedores que atesoro y que me alimentan. Y es que creo que las historias nunca son tan locales si se escriben desde la humanidad que contienen. Ese es un territorio que nos acoge a todos, sin límites. 

 ¿Qué es lo que te interesaba mostrar en La dimensión desconocida sobre el periodo dictatorial? Esto teniendo en cuenta que es un tema que –quizás- se ha visitado mucho en la literatura chilena…
Nunca hay plan cuando inicio un libro. En el inicio solo me interesaba contar la historia de ‘El Papudo’, Andrés Valenzuela Morales, exagente de Inteligencia, que en plena dictadura quiso hablar y entregar toda la información que tenía a riesgo de morir. Había algo ahí, un gesto de humanidad, de lucidez en medio del desastre, que me seducía de contar.

Sobre todo porque la historia del Chile reciente se ha ido organizando en una histora en blancos y negro, con muy pocos grises, donde es fácil acomodar la conciencia. Este hombre es un gris, es un lugar incómodo, una víctima y un victimario, un ser inclasificable, mitad monstruo, mitad ángel. En Chile todavía se mantienen muchos pactos de silencio entre los militares y eso ha taponeado a la justicia y la tranquildad de las familias de las víctimas. Es una tremenda herida que no para de supurar. Enfocar esta historia me parecía seductor y pertinente. Lo primero que hice fue investigar el caso, buscar información, entrevistar a personas que lo habían conocido y habían estado con él, meterme en su cabeza, en su historia, en los rastros que han quedado de su vida en Chile.

Como un detective fui entrando en ese gran testimonio que dio cuando decidió hablar, el año 1984. Un testimonio brutal y feroz. Pero mientras juntaba el material no tenía mucha claridad de lo que iba a hacer con todo esto.

En algún momento pensé que esta sería una novela de ficción pura y dura a lo John Le Carré, algo que siempre he querido hacer, con espías y traidores y perseguidores, pero el material con el que me encontré era tan delicado y sensible, que no podía ser trasgredido con la ficción.

Me pareció que no era justo. Todos los personajes que circulan por este libro son reales, con historias que no son conocidas y que merecían un enfoque así, tal cual son. No había que inventar, solo había que organizar y exponer. Así el libro comenzó a tomar esta forma híbrida de crónica, ensayo, biografía, ficción y documento. Creo que es una gran reflexión. Y terminó siendo, en gran parte, un libro de padres perdidos y de hijos huérfanos. Sin que lo planeara, me di cuenta de que el punto de vista de los hijos de las víctimas, que son parte de mi generación, era importantísimo, vital, el motor emotivo de la escritura. Hijos guachos que quedaron sin protección. Medios perdidos, desorientados. A veces creo que escribí un libro para mi generación. Un intento cariñoso por tratar de aplacar el desconcierto y la pena. 

Tu carrera como escritora aborda la dramaturgia, los guiones y la narrativa ¿Qué te aporta cada una a la hora de buscar y crear una historia en una determinada disciplina?

Es difícil decodificar lo que cada oficio me regala. Soy una autora integral y no tengo conciencia de mis divisiones. Escribo con lo que soy encima, como cada autor, sin duda. Pero de todos mis oficios sí identifico con más claridad el de mi trabajo como actriz. Tengo formación actoral, vengo del escenario, ahí me armé como creadora. Ahí fui entrenada para ponerme en la piel de otros. Esa herramienta la pongo con conciencia al servicio de la escritura. Ambos procesos, escribir un personaje y construirlo en el escenario, son parecidos porque pasan por la vivencia y caligrafía de mi cuerpo y de mi mente. Mi punto de vista los delinea y los construye con hilos muy conscientes y a la vez inconscientes. Es una cocinería extraña y misteriosa, pero para mí es la misma olla donde preparo los platos en cualquiera de los formatos que trabaje.

¿Cómo ves el panorama de la nueva literatura chilena, dónde aparecen nombres como Arelis Uribe, Romina Reyes y Paulina Flores?
Estamos pasando por un momento muy creativo y efervescente. Hay mucha escritura, propuestas muy diversas, cruce de géneros, historia, biografía, ensayo. Creo que las editoriales independientes son las grandes responsables de este escenario tan propicio. Celebro su trabajo y su compromiso con la literatura, más allá de los importes económicos. Esto ha permitido que podamos transitar caminos más experimentales, más peligrosos. Y en ese escenario hay una nueva generación de autoras que está escribiendo con mucha fuerza. Agrego a los tremendos nombres que das el de Alia Trabuco, Mónica Dröuilly, María José Navia, y en el teatro, Carla Zúñiga e Isidora Stevenson, grandes dramaturgas.  


A propósito de algunas discusiones respecto a la equidad de género en espacios literarios y periodísticos en algunos países, ¿cómo creés que se maneja esto en tu país? ¿Cuál es el trato que se le da a la mujer?

Sin duda hemos avanzado y se han ganado espacios, pero es un camino largo que no termina todavía y en el que falta mucho por recorrer. En el ámbito literario las mujeres aún escribimos reclamando visibilidad, exigiendo que no se nos catalogue, que no se nos rotule, que no se nos deje fuera de los grandes temas, de las grandes discusiones, de los grandes anaqueles. Piensa tú, por ejemplo, en la selección de autores de Bogotá 39. Desconozco cómo se curatoreó esa lista, pero aún no entiendo cómo en la selección de autores chilenos no va ninguna mujer, cuando tenemos escritoras tremendas como las que tú mismo mencionaste. Lo digo sin desconocer el trabajo de los compañeros seleccionados, son grandes autores. Pero hay colegas que están a su altura o por sobre, entonces se levantan las sospechas de género sin duda. Y esto lo digo sólo por poner un ejemplo.

 

 

ARELIS Uribe: “Escribo contra mí misma, contra mi experiencia”

En el libro de cuentos Quiltras, Uribe muestra distintos personajes con un trasfondo social y de género, entre otras aproximaciones

El primer libro de ficción de Uribe. Ganador del premio a la mejor obra publicada en su país este año

A finales de 2016, Arelis Uribe hizo su aparición en la literatura chilena con el libro de cuentos Quiltras, que en sus siete cuentos -breves, punzantes- aborda temas como el despertar al amor adolescente -y su posterior desengaño-, el inicio de una era digital que cambió la forma de relacionarse de la gente, el viaje a una ciudad de otro país donde los cuicos (jailones)  se comportan igual que en el de la protagonista.
Uribe llegó a la ficción a través del periodismo, y lo hizo con mucho éxito. Sus historias atraviesan cuestiones sociales, de género, con una mirada en los detalles muy particular y también precisa.

 ¿Te sorprende que un libro con historias cortas y “sencillas”, con el trasfondo del género y lo social, y, si se quiere, escrito por una mujer joven, haya tenido éxito de ventas y también hubiera ganado el premio a la mejor obra publicada en tu país?

Claro que me sorprende, en el sentido de que yo escribí el libro y no esperaba nada, solo contar las cosas que quería decir. Entonces todo fue inesperado. Pienso que había un espacio que nadie estaba llenando, no había una voz joven diciendo con fuerza ideas de izquierda y feministas desde la literatura hacia toda la realidad. Entonces, sin querer, yo llegué a ocupar ese espacio.

¿Desde dónde se generan tus historias? ¿Se puede decir que escribís contra algo? 
Escribo contra mí misma, contra mi experiencia, contra las cosas que me duelen y contra las cosas que me gustan. Cuando escribí Quiltras, tenía intuiciones: quiero escribir un libro protagonizado solo por mujeres, porque la mayoría de las cosas están protagonizadas por hombres. Es una reivindicación. Tomé contextos reales (mi barrio, mi universidad, mi país) y puse a personajes ficticios a vivir en esos lugares.

Algunos de los cuentos de Quiltras parecen dirigidos a un público exclusivamente adolescente, otros son más generacionales, con menciones a la música y a hechos -como el inicio del internet- que marcaron una época ¿Pensabas un poco en ciertos lectores al momento de escribir las historias?
No, nunca pensé en los lectores, la verdad. Escribir es recordar, es explicar. Me imaginé que en vez de escribir, lo que estaba haciendo era compartirle algo muy íntimo a una amiga. Sin querer, hice eso que dice Peter Sloterdijk: “Los libros son voluminosas cartas para los amigos”. Quería que mis historias tuvieran un halo confesional y cercano. Entonces nunca pensé en una audiencia masiva, sino en lo más reducida que puede haber, que es la intimidad del diálogo con la mejor amiga.

Me dio mucha curiosidad el primer cuento, Ciudad desconocida, donde la protagonista y su prima vienen a La Paz y se encuentran con algo que no esperaban de esa ciudad, ¿es algo que te sucedió, quizás?
Sí, muchas de las cosas que impresionan a la protagonista de ese cuento son cosas que me sorprendieron la primera vez que estuve en Bolivia. Básicamente, descubrir a los cuicos blancos de La Paz. Los cuicos de cualquier país nunca dejan de sorprenderme.

En una entrevista mencionabas el carácter androcentrista de la literatura chilena, que siempre ha tenido referentes masculinos que marcaban las eras literarias: Fuguet, Bolaño, Zambra… Leer tu libro me hizo recordar cuando leí Sobredosis, de Fuguet, y conocer todo lo que había significado ese libro para la literatura chilena. Igual eran historias pequeñas, pero con fuerza y que contrastaban con lo que se venía haciendo ¿Creés que tu libro puede marcar algo así en la literatura de tu país, pero desde el feminismo?
Sería muy bacán que sí, pero no soy oráculo para saberlo y tampoco soy yo quien lo define, sino que es una mezcla entre el relato que arman los medios sobre una obra y la relación que esta tiene con sus lectores y lectoras. Y ninguna de las dos las puedo controlar yo.

El tema de la equidad de género en espacios literarios y periodísticos ha entrado en discusión este año en varios países latinos y en España.Vos, como periodista y escritora, ¿cómo ves el caso en Chile? ¿Qué lugar tiene la mujer en estas áreas?
El mundo es como un gran colegio de hombres, la mayoría de los espacios de toma de decisión son clubes de Toby y los hombres no se dan ni cuenta de cómo funciona la camaradería masculina, que excluye un montón, entre otras identidades, a las mujeres. Una ve eso en lo cotidiano, en espacios de trabajo, en la escena literaria, en la historia oficial, en las columnas de los diarios. Es impresionante la preponderancia masculina en todo y lo poco que los hombres se cuestionan el enorme espacio (simbólico y material) que ocupan. Entonces el lugar de las mujeres siempre es como apéndice. Las mujeres se ganan el protagonismo y el espacio a pura pelea, porque de buenas a primeras ningún hombre abre su club de Toby a ninguna Lulú, por más capa e inteligente que esa Lulú sea.

A propósito, vi en una entrevista que te sentías más periodista que escritora ¿Es así? ¿Cómo fue la construcción de Quiltras cuando venías trabajando tanto tiempo como periodista? Creo que el cuento El Kiosco parte de una de tus columnas de opinión, por ejemplo…
Es raro, estudié Periodismo y siempre quise ser muy periodista, de reportajes e investigación, pero no me salió mucho. Me sale mejor escribir mis propias ideas, mis sentimientos, mis historias, lo que contrasta un poco con el periodismo, que se supone nunca se trata de una misma, sino del resto. Aun así, he intentado ejercer un periodismo militante, publicando columnas de opinión o entrevistas a personajes que me interesan. Después de publicar Quiltras me empecé a sentir más escritora, pero no lo tengo definido. Además, escribí Quiltras entre 2014 y 2016, en ese tiempo yo era columnista en algunos blogs, entonces jugué con los dos formatos (ficción y no ficción) en el mismo periodo. Lo que pasa es que un contenido se demoró más en ser publicado, pero los dos estilos fluyen en mí, siempre. Ahora, después de toda la vorágine de Quiltras, los diarios me dicen escritora en vez de periodista, pero yo me siento igual y en realidad no sé bien cómo denominarme. Soy como el final de La mosca, cuando dice: “Soy solo una mosca que soñó que era hombre”. A veces creo que soy una escritora que soñó que era periodista.

 

Dos formas de contar la realidad chilena
Quiltras, de Arelis Uribe (Fragmento del cuento que da título al libro):
“Me acuerdo del comedor lleno de caca de paloma. Me acuerdo de las manchas, eran como la mezcla de blanco y gris en la paleta de un pintor, pero secas y poniéndose verde oscuro, fosilizándose en el techo, en el suelo, en las ventanas, en la mesa al lado de nuestros tapers con arroz con huevo o con porotos con rienda, calentados en el único microondas del casino. Me acuerdo que todo era cemento o era tierra. Me acuerdo del baño, con las tazas vomitando litros y litros de agua, regurgitando lo que alguien había depositado hace días, semanas o meses.

Me acuerdo que había que entrar al baño aguantando la respiración o respirando por la boca. Los pies chapoteaban y una se mojaba igual que en los días de lluvia, cuando la Gran Avenida se inundaba. Todavía se inunda así. Me acuerdo que había que pedirle confort al inspector en el recreo y todo el colegio te veía hablar con el viejo de delantal blanco, pasándote un pedazo de papel medio café, áspero y enrollado, y lo que originalmente pretendías hacer en privado se hacía público. Me acuerdo de la biblioteca siempre cerrada. La única vez que entramos nos robamos dos libros. Yo uno de Fuguet porque su nombre me sonaba de la radio y tú uno de Hemingway sin saber quién era”. 

La dimensión desconocida, de Nona Fernández. Fragmento:

“Quiero hablarle de cosas que yo he hecho, le dice el hombre mirándola a los ojos e imagino un leve temblor en su voz en el momento de pronunciar estas palabras que no son imaginadas. Quiero hablarle de desaparecimiento de personas. 

La primera vez que lo vi fue en la portada de una revista. Era una revista Cauce, de esas que leía sin entender quiénes eran los protagonistas de todos esos titulares que informaban atentados, secuestros, operativos, crímenes, estafas, querellas, denuncias y otros escabrosos sucesos de la época. ‘Presunto autor de bombazo era jefe local de la CNI’, ‘Degollados siguen penando en La Moneda’, ‘Así tramaron matar a Tucapel Jiménez’, ‘La DINA habría ordenado fusilamientos de Calama’.

Mi lectura del mundo a los trece años era delineada por las páginas de esas revistas que no eran mías, que eran de todos”.



 




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