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| 05/08/2018


De Mesa y sobre Mesa

Le consulté directamente para informarme si había algún desliz en la redacción de su nombre, que parecía trampa para caer en la cacofonía y, en todo caso, para conocer cuál era su opción para escribirlo. En los libros que publica y en las notas que escribe en los diarios, es Carlos D. Mesa, donde ‘D’ es abreviatura de Diego, su segundo nombre. Pero en los últimos días había notado que las crónicas de EL DEBER lo identifican como Carlos de Mesa, y en segunda y demás referencias como ‘de Mesa’, con riesgos auditivos como cuando se dice “es el punto de vista de de Mesa” o “de de Mesa se ha dicho” que encabeza las preferencias, etc.

He aquí lo que me escribió: “El nombre que he heredado de mis padres y que consta en mi carnet de identidad es Carlos Diego de Mesa Gisbert (el ‘de’ es con minúscula; ponerlo con mayúsculas es incorrecto). Desde muy joven he utilizado, y así firmo mis libros y artículos, Carlos D. Mesa (la D. por Diego), y eliminé el de, que es el heredado. El nombre de mi padre era José de Mesa Figueroa. Lo hice a mis 18 años para ‘diferenciarme’ de mis padres, en una actitud de rebeldía muy de adolescente. Por eso, toda mi obra aparece con el nombre de esa forma y no lo cambiaré; pero mi nombre legal es el que indico”.

En el quehacer periodístico suelen presentarse tropiezos al escribir nombres y sobrenombres de personajes de la vida pública. Me pareció interesante que el ‘caso Mesa’, con o sin de, surgiese en momentos en que el expresidente está en la cumbre de su popularidad para ser candidato presidencial con fuertes posibilidades de ganar la contienda a despecho de sus reiteradas negativas. Eso volvía imperativo determinar si era correcto incorporar el ‘de’, que en castellano evoca un sello de abolengo en los apellidos.

La aclaración del ex primer magistrado trae un dictamen: no es incorrecto mencionar su nombre con ‘de’, pues así está registrado, pero es claro que su preferencia es omitir ese ‘de’. Así lo ha hecho desde la adolescencia.

Recuerdo que hace años, cuando Luiz Inácio Lula da Silva asumió por primera vez la presidencia de Brasil, The Associated Press (AP), de cuya oficina nacional era director, estaba ante una dificultad. Mencionar el nombre completo, con sus cinco palabras, no era un problema al encabezar una nota. Pero después lo era.

Referirse a Lula da Silva tras el párrafo introductorio era utilizar tres palabras y, especialmente en inglés, traía un esfuerzo adicional para el lector, en tiempos en que la economía de palabras es un mandamiento. Además, había que descifrar la palabra ‘Lula’ para el lector corriente, no solo para el de fuera de Brasil, sino también para el de tierra adentro, pues no todos podrían saber que ‘Lula’ significa calamar y entonces habría que, obligatoriamente, en aras de una buena comunicación, explicar el término, comprensible en la costa pero sin certeza de que lo sería también en el inmenso interior brasileño. Mucho menos lo sería en otros países.

No podíamos llamarlo simplemente ‘Lula’ en segunda referencia y cargar con el sobrepeso que significaría la explicación del término y las repeticiones posteriores de siquiera tres palabras de su nombre. Decidimos hacerle la pregunta sobre su preferencia a él mismo o al despacho presidencial. En esos días estaba en Brasilia y planteé la dificultad al portavoz de la presidencia, quien, en una rápida consulta con miembros de la jerarquía presidencial, me dijo: “Pueden utilizar indistintamente Lula, el sobrenombre, o Silva, su apellido”.

El tiempo se encargó de restringir palabras. En pocos meses predominaba el ‘Lula’, que el propio mandatario incorporó a su nombre oficial y como tal quedó registrado. No era necesario explicar su significado.

De la experiencia surgió la idea para una nota sobre el tema y fui a consultar a la Academia Brasileña de la Lengua, donde descubrí que los términos que expresan afecto son ‘hipocorismos’. La misma palabra, extraña en el léxico común, existe en el castellano y en otras lenguas.

El académico al que consultaba en su oficina en Río de Janeiro me recordó que esos términos de cariño suelen substituir a los nombres oficiales de personas conocidas. Me dijo sonriente: “Vaya por la calle y pregunte a cualquiera que encuentre quién es Arthur Antunes Coimbra. Nadie lo sabrá. Pero si usted dice Zico, verá cómo se iluminan los ojos de sus interlocutores”.





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