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OPINIÓN



| 13/06/2018


Fútbol, fútbol, fútbol

México. Estadio Azteca. 1970. Félix, Brito, Piazza, Carlos Alberto, Everaldo, Clodoaldo, Gerson, Tostao, Rivelino, Jairzinho y el emblemático Pelé hacían parte de la apoteósica Canariña. Jugaban la final del mundial de fútbol contra otro gran escuadrón, el italiano. Pero los brasileños mostrarían por qué fueron reconocidos como “la mejor selección de todos los tiempos”. El gol 1028 de su ‘10’; los tantos de Gerson y Jairzinho, así como el inolvidable pase que luego el capitán transformaría en la gloria del 4-1, fueron solo algunas muestras del recordado “jogo bonito”. El mundo entero lo presenció y, por primera vez, a color. 

Este inolvidable capítulo es parte de la historia de uno de los eventos más importantes para la civilización moderna: el Mundial de fútbol. A un día de su inauguración, en Rusia, con los álbumes de figuritas casi completos, los fixtures descargados, las apuestas a punto de concretarse y la expectativa latente, creo importante analizar ¿por qué este encuentro despierta un sentimiento colectivo tan particular? 

Como bien indicó N. Elias y E. Dunning (1992), el deporte –particularmente el fútbol- ha permitido el desarrollo de la civilización moderna, al compensar el orden racional de la misma, con un espacio para canalizar emociones y pasiones, de manera colectiva. Y, particularmente en el mundial, las selecciones no solo juegan un partido, sino su identidad nacional, tal como afirman distintos especialistas (Duarte, 2018; Murillo, 2004).

Las caras pintadas, el uso de una camiseta particular, los peculiares sombreros, las banderas y los famosos cánticos son solo algunas expresiones que reflejan un espacio habitado por los sujetos, paralelo a su cotidianidad: el fútbol. 
Mientras la rutina agobia, el juego permite alivianar esa sensación de agotamiento, al liberar las pasiones de los sujetos. Aun cuando estas sean negativas, como la derrota inesperada de los brasileros, en el último Mundial (2014). Las lágrimas son permitidas. 

Lo mismo ocurre con la sensación triunfal de un colectivo, representado por un equipo. Tal como se sintieron los franceses al jugar de local en la Copa de 1998. Una celebración recordada hasta hoy no solo por su magnitud deportiva, sino por su convocatoria nacional. 

Y es que el Mundial reúne a las mejores selecciones nacionales, disputadas en torneos continentales. Se genera el “alma colectiva” (Le Bon, 2013), que logra identificar a los sujetos con una nación, como pocos otros espacios lo pueden hacer, dadas las múltiples diferencias locales.  
Esto se refleja en equipos legendarios, como el brasileño, el alemán o el español. Pero también ocurrió con Irlanda y con su primera clasificación, en 1990; o, como recordamos todos los bolivianos, con la gloriosa llegada de la Verde a la Copa de 1994. Por un momento fuimos todos una nación. 

Por esto, amamos el Mundial. Y aunque haya críticas políticas al respecto, en más de una ocasión este parece no ser un espacio para la mente, sino para el corazón. A encender el televisor porque hay fútbol, fútbol, fútbol…








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