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OPINIÓN | 18/03/2019


Oscuridad en pleno día

A mediados de semana, Venezuela había desbordado las 120 horas de oscuridad, cuando las consecuencias de años de descuido y mal mantenimiento se volcaron sobre las turbinas y las líneas de transmisión de la presa hidroeléctrica del Guri (la tercera en el mundo en capacidad instalada), que dejaron de operar regularmente, y al menos una de su decena de turbinas colapsó y quedó reducida a escombros. Millones de dólares fueron convertidos en trozos inservibles de metal a la vera de la laguna artificial gigante, equivalente a la mitad del lago Titicaca, y millones de venezolanos perdieron acceso a la fuente que suministraba hasta el 70% de toda la energía consumida por su país.

En 1986, después de 25 años de construcción, cuando todas sus turbinas quedaron instaladas, el costo de la obra era calculado en 5.800 millones de dólares, una cantidad gigantesca que pocos países habrían podido desembolsar. Todavía bajo el proyecto de construir “la Gran Venezuela”, el país pagó al contado casi todo. Fue la segunda presa hidroeléctrica más grande del mundo después de la egipcia de Aswan. La de Itaipú es más grande, posee más turbinas y su producción es mayor, pero es binacional, de Brasil y Paraguay.

Pero mucho antes del 7 de marzo, Venezuela ya vivía los prolegómenos del apagón al que la ha llevado el Socialismo del Siglo XXI, en el que también milita Bolivia. El sistema eléctrico trabajaba al máximo; sus técnicos aseguran que el mantenimiento era insuficiente, y que gran parte de sus mejores empleados se había retirado.

Desde otras latitudes, la historia de este colapso nos la contó de antemano Eric Blair, el nombre real de Arthur Koestler, el novelista húngaro que en la década de 1940 entregó al mundo su mayor obra, El cero y el infinito o también Oscuridad al Mediodía (Darkness at noon). Traducida a casi todos los idiomas, el impacto de la novela basada en el mundo en que al autor le tocó vivir fue tan brutal que nadie creyó que la historia que el novelista contaba podría repetirse jamás en la realidad.

Pero la historia no conoce el ‘jamás’ y el 7 de marzo, hace muy pocos días, la sociedad venezolana empezó a vivir un apagón continuo que, de golpe y porrazo, la llevó 300 años atrás. El desastre trajo muy rápido a la memoria la obra cumbre, contada por Koestler, sobre el régimen comunista que se instauró en su país.

La versión ‘moderna’ del Siglo XXI se presentaba como redentora del ‘socialismo real’ que habían vivido los países de Europa central y Rusia. Aquel fue un sistema identificado universalmente con Lubianka, la célebre prisión rusa que representaba el terror del stalinismo que Nikita Khruschev tuvo el coraje de denunciar (en 1956, tres años después de la muerte de Stalin, claro), en el vigésimo congreso del PC ruso.

Millones de venezolanos han vivido estos años brutalidades asociadas al Socialismo del Siglo XXI (escasez de todo y violencia del poder y de las bandas delincuenciales vinculadas a él) como una materialización del sistema al que conducen, tarde o temprano, los regímenes surgidos a esa corriente. Ninguno de los principales jerarcas del gobierno nacional ha afirmado de forma contundente que esa no es receta para Bolivia ni que es meta del partido gobernante. Tampoco alguno de sus contrincantes de otros partidos lo ha exigido.

No parecen haber conmovido a ningún jerarca algunas imágenes notables de estos días, como la de la joven madre que llevaba en brazos a su hija muerta de inanición. Fue mostrada en fotografías y por muchos canales de TV. Caminaba por calles soleadas de Valencia, estado Carabobo, con los despojos de la criatura en los brazos. Parecía autómata, absorta en su dolor e incapaz de derramar lágrimas y, menos, de articular palabras para describir sus sentimientos. El llanto se le había acabado y no tenía dónde reposar su abandono.

Ella también era retrato del hambre que se había llevado a su hija y no tenía dónde dejar sus restos. Era el retrato de un proyecto político que se derrumbó.





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