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| 25/01/2019


Tened piedad de la nación

“Tened piedad de la nación que lleva vestidos que no teje ella misma, que come un pan cuyo trigo no cosecha y que bebe un vino que no mana de sus propios lagares” (Gibran Jalil Gibran, 1883-1931).

Es dramático cómo el poeta, filósofo y autor de El jardín del profeta, ciudadano libanés fallecido en Nueva York, nos acerca a la endémica realidad boliviana. Hoy, todo el sector productivo nacional está severamente castigado por el contrabando, la ineptitud y, entre otras cosas, un importante rezago tecnológico inducido por posturas ideológicas endebles en extremo.

Según el economista J. G. Espinoza, durante los últimos años se ha producido un gran aumento en la importación de alimentos en el país. En las últimas 16 gestiones, la importación de papa aumentó cinco veces (de 5.000 a 25.000 toneladas), la de tomate, seis veces (de 2.000 a 12.000 toneladas); y la de cebolla, 16 veces (de 308 a 4.950 toneladas). El aumento de la importación de alimentos se debe a varias razones, una de ellas la sobrevaluación del boliviano.

El Gobierno ha encontrado en esa fórmula un mecanismo para mantener bajo control la inflación, pero su efecto negativo promueve el contrabando de alimentos hacia nuestro país; añadido a esto, todos los países vecinos han devaluado su moneda, con lo que han aumentado sus condiciones de competitividad y, por lo tanto, han aumentado sus exportaciones a Bolivia.

Una parte del incremento de la importación de alimentos se justifica parcialmente por el aumento del consumo interno, lo que por una parte podría verse como positivo, habría sido ideal que esa mayor demanda se hubiera cubierto con la producción local, pero el que produce alimentos básicos no cuenta con asistencia técnica, económica y capacidad para salir del círculo vicioso que lo tiene postrado en la pobreza, que se inicia con un serio deterioro ambiental.

El suelo mal gestionado (monocultivo, quemas, etc.) ha perdido sus propiedades físicas, biológicas y químicas, características que no se recuperan solo con la aplicación de fertilizantes de síntesis. La inestabilidad laboral de los profesionales de entidades relacionadas al desarrollo productivo nacional, la improvisación en los cargos jerárquicos, la imposición ideológica sobre los conceptos y realidad técnica científica hicieron, hacen y harán que la tan mentada soberanía alimentaria sea solo un enunciado demagógico.

Son 600 millones de dólares que salen del país para importar alimentos, la mayor parte de ellos son producidos en el país generando miles de fuentes de trabajo y reduciendo los índices de pobreza en el campo. El INE refuta los datos del economista E.G. Espinoza afirmando que la importación es ‘solo’ del 5 al 14,77% de los productos básicos: papa, tomate y cebolla respectivamente. Como quiera que sea, el hecho es que en los centros de abastecimiento de todo tipo encontramos choclo en lata chino, agua mineral norteamericana y francesa, arroz uruguayo, brasileño y argentino; ya lo tuvimos también de Vietnam y Pakistán, papa al natural peruana y frita (chips) china. Teniendo nosotros quizá la mejor piña del mundo, como la de Guarayos, la importamos de mala calidad y en lata desde Tailandia. Yuca, camote, guayabas y paltas de Perú; manzanas, peras, duraznos, uvas, kiwis, de Argentina y Chile.

Tenemos todo lo necesario (salvo el sentido común y el compromiso político) para que en lugar de importar alimentos básicos y frutas podamos más bien abastecernos al 100% y exportar excedentes. Debemos cambiar del círculo vicioso de la importación ilegal al círculo virtuoso de la producción sostenible. La situación no es muy crítica aún; sin embargo, si se consideran los riesgos por los que pasa el ambiente agrícola global debido a los efectos de la perturbación climática actual, es imprescindible coordinar e integrar todos los esfuerzos en lo referente a conocimientos, práctica, ciencia, técnicas y economía que disponemos para desarrollar y potenciar al sector más frágil de nuestra agricultura, los pequeños agricultores y campesinos.





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